La Reelectura

Hay libros que se disfrutan mientras se leen y se olvidan poco después. Y hay otros que, al terminarlos, dejan una sensación extraña: la certeza de que no los hemos agotado. Cerramos la última página y entendemos que la experiencia no ha concluido, que algo del texto sigue abierto, como si la novela hubiera quedado pensando en nosotros. Esos son los libros que piden —casi exigen— una relectura.

Volver a una obra no es repetir la misma lectura: es entrar en otro libro. El lector ya no es el mismo, y el texto, sorprendentemente, tampoco. En la primera lectura seguimos la superficie: queremos saber qué ocurre, hacia dónde se dirige la historia, cómo se resuelven los conflictos. En la segunda, esa ansiedad desaparece. Ya conocemos el destino de los hechos y, liberados de la intriga, empezamos a ver lo que antes pasaba desapercibido: las estructuras, los símbolos, los patrones invisibles que sostenían la narración desde el principio.

Eso se percibe con claridad en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. La primera vez, el lector suele dejarse arrastrar por la saga familiar, por la proliferación de nombres, por los episodios extraordinarios de Macondo. En la relectura, en cambio, emerge el diseño circular del tiempo, la repetición deliberada de destinos, la red simbólica que une generaciones enteras. La novela ya no se siente como una sucesión de hechos, sino como una arquitectura cuidadosamente trazada.

Algo similar ocurre con Rayuela de Julio Cortázar. En la primera aproximación, el lector intenta orientarse en su estructura fragmentaria, entender el orden posible, seguir el juego propuesto. En la segunda, ese desconcierto inicial se transforma en libertad: ya no se trata de entender el recorrido, sino de apreciar el sentido de la fragmentación, el diálogo entre capítulos, el modo en que la forma misma expresa el desconcierto existencial de los personajes.

Incluso novelas de apariencia más clásica revelan otra dimensión al releerse. En Orgullo y prejuicio de Jane Austen, la primera lectura suele centrarse en la relación entre Elizabeth y Darcy, en los malentendidos y su resolución. En la relectura, el foco se desplaza hacia la ironía del narrador, la crítica social sutil, la precisión con que Austen retrata las dinámicas familiares y económicas de su época.

Y en El proceso de Franz Kafka, conocer el desenlace transforma por completo la experiencia. La angustia ya no proviene de no saber qué ocurrirá, sino de observar cómo, desde la primera página, todo estaba orientado hacia ese destino inevitable. La novela se convierte en una maquinaria perfecta donde cada detalle cobra un nuevo peso.

La relectura revela algo decisivo: las grandes novelas no se sostienen por la sorpresa de su argumento, sino por la densidad de su construcción. Si una obra pierde todo su interés una vez conocido el final, probablemente su fuerza residía únicamente en la intriga. En cambio, cuando un libro se enriquece al volver a él, demuestra que su valor no estaba en lo que contaba, sino en cómo lo contaba.

Releer también modifica nuestra relación emocional con el texto. La primera vez, acompañamos a los personajes con incertidumbre; la segunda, con una especie de complicidad. Sabemos lo que les espera y, aun así, observamos sus decisiones con una mezcla de comprensión y melancolía. Esta doble conciencia —saber el final y asistir de nuevo al inicio— produce una experiencia literaria más profunda que la lectura inicial.

Por eso, la relectura funciona como el verdadero examen de una novela. No todas lo superan. Algunas se marchitan cuando se les quita el factor sorpresa. Otras, en cambio, florecen. Se expanden. Parecen haber estado esperando esa segunda mirada para revelar su auténtica complejidad.

Volver a un libro que nos marcó no es un gesto nostálgico, sino un acto crítico. Es comprobar si la obra tenía capas suficientes para seguir diciendo algo cuando ya conocemos su superficie. Y cuando descubrimos que, en efecto, el texto crece con nosotros, entendemos que estamos ante literatura que no se agota, sino que se transforma con cada lectura.

Rayuela - Resumen, personajes, análisis literario, frases y más

¿Por qué recordamos más a los personajes que a las tramas?

Terminas una novela y, con el paso de los meses, algo curioso sucede: la historia se difumina, pero el personaje permanece. Si alguien te pide que expliques el argumento, dudas, reconstruyes a tientas algunos hechos, mezclas escenas, olvidas el orden. Sin embargo, si te preguntan por Anna, por Raskólnikov, por don Quijote o por Gregor Samsa, no titubeas. Sabes cómo pensaban, qué les dolía, cómo miraban el mundo. Esta asimetría entre lo que olvidamos y lo que recordamos no es un fallo de memoria; es una pista esencial sobre cómo funciona la literatura y, en el fondo, sobre cómo funciona nuestra mente al leer.

En Anna Karénina de León Tolstói, muchos lectores no podrían reconstruir con precisión la secuencia completa de acontecimientos, pero sí conservan con nitidez la sensación de asfixia moral, deseo y culpa que envuelve a Anna. En Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski, el recuerdo más potente no es el crimen en sí, sino la mente febril de Raskólnikov, su laberinto racional, su caída psicológica. En Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, lo que perdura no es la lista de aventuras, sino la dignidad delirante del caballero y la lucidez terrenal de Sancho. Y en La metamorfosis de Franz Kafka, lo imborrable es la angustia íntima de Gregor Samsa, no el inventario de hechos que siguen a su transformación.

La razón es profunda: la trama organiza acontecimientos, pero el personaje organiza experiencias. Nuestro cerebro recuerda mal las secuencias abstractas de hechos, pero recuerda con enorme fidelidad las vivencias humanas, incluso cuando esas vivencias pertenecen a seres ficticios. Al leer, no seguimos una cadena de acciones como quien sigue instrucciones; acompañamos una conciencia, una manera de sentir y de interpretar lo que ocurre. La trama es el vehículo que permite que esa conciencia se despliegue, pero no es el destino final de nuestra atención. Lo que realmente habitamos como lectores es la mente del personaje.

Por eso, cuando una novela está bien construida, sentimos que no avanzamos simplemente por una historia, sino que convivimos durante horas con alguien. Conocemos sus contradicciones, anticipamos sus reacciones, entendemos sus silencios. Se genera una familiaridad que se parece mucho a la que desarrollamos con personas reales. Tras cerrar el libro, esos personajes no se archivan en nuestra memoria como ficción concluida, sino como presencias que siguen disponibles para el pensamiento. Podemos imaginarlos en nuevas situaciones, preguntarnos qué opinarían, cómo actuarían. Esa continuidad mental es lo que explica por qué permanecen.

La psicología cognitiva aporta una clave adicional: recordamos mejor aquello con lo que establecemos un vínculo emocional. Y el vínculo emocional no se establece con hechos, sino con sujetos que sienten esos hechos. No conectamos con “un adulterio”, sino con la culpa, el deseo y la desesperación de quien lo vive. No conectamos con “un crimen”, sino con la angustia moral de quien lo comete. La literatura memorable explota este mecanismo de manera magistral: convierte los acontecimientos en escenarios para que una vida interior se manifieste con intensidad.

Esto también explica por qué algunas novelas con tramas ingeniosas resultan, con el tiempo, olvidables. Pueden sorprender en el momento, mantener el interés, incluso admirarse por su arquitectura, pero si no construyen una conciencia habitable, se desvanecen con rapidez. En cambio, hay obras donde “no pasa gran cosa” en términos argumentales y, sin embargo, resultan imborrables porque el personaje está trazado con una profundidad tal que termina ocupando un lugar en nuestra memoria afectiva.

La grandeza de una novela, entonces, no reside tanto en la originalidad de su historia como en su capacidad para crear una mente que el lector pueda habitar. Cuando eso ocurre, la trama pasa a un segundo plano y se convierte en el soporte necesario para que esa conciencia exista. Olvidamos el andamiaje, pero conservamos la presencia. Olvidamos el mapa, pero recordamos al viajero.

Por eso, cuando al cabo del tiempo descubres que no puedes explicar con claridad de qué iba una novela que te marcó, no significa que hayas leído mal ni que tu memoria haya fallado. Significa que la obra cumplió su cometido más profundo: logró que un personaje dejara de ser tinta sobre papel para convertirse en alguien que, de algún modo, sigue viviendo dentro de ti.

Don Quixote and Sancho setting out

Por qué algunos clásicos se sienten “lentos” (y cómo aprender a disfrutarlos)

Muchos lectores se acercan a los clásicos con una mezcla de respeto y resistencia. Saben que están ante obras fundamentales, pero tras unas cuantas páginas aparece una sensación incómoda: la lectura parece avanzar con una lentitud desesperante. “No pasa nada”, se dicen. Y abandonan. Lo curioso es que esas mismas personas pueden pasar horas absortas en una serie de ritmo pausado o en una película contemplativa sin experimentar ese rechazo. El problema, entonces, no está en la lentitud, sino en la expectativa con la que leemos.

La narrativa contemporánea —alimentada por el cine, las series y el consumo digital— nos ha acostumbrado a identificar el interés con la acción constante: diálogos rápidos, giros frecuentes, estímulos sucesivos. Sin darnos cuenta, trasladamos ese patrón a la lectura. Esperamos que una novela funcione como un guion audiovisual. Pero muchas obras clásicas fueron escritas con una intención distinta: no buscan que el lector avance con prisa, sino que permanezca. No quieren conducirnos de un suceso a otro, sino sumergirnos en una conciencia, en una atmósfera, en una forma de percibir el mundo.

En novelas como Madame Bovary de Gustave Flaubert, la tensión narrativa no depende de lo que ocurre externamente, sino de cómo la protagonista vive internamente cada situación. La acción es mínima; la experiencia emocional, inmensa. Flaubert no escribe para que sepamos qué va a pasar, sino para que entendamos qué significa sentirlo. Si leemos buscando acontecimientos, la novela parece estancada. Si leemos atendiendo a la sensibilidad, descubrimos un territorio riquísimo.

Algo similar sucede con Moby-Dick de Herman Melville. Las largas digresiones sobre ballenas, barcos y técnicas de caza desconciertan al lector moderno. Sin embargo, no son desvíos caprichosos: construyen la obsesión del narrador, su forma de mirar el mundo, su progresiva inmersión en una idea fija. La aparente dispersión es, en realidad, una estrategia para sumergirnos en una mente.

Y en Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, buena parte del placer no reside en la sucesión de aventuras, sino en el juego lingüístico, la ironía, el diálogo constante entre narrador y lector. Leer solo “lo que pasa” es perder la mitad del libro. El disfrute está en el modo en que está contado.

Estas obras fueron concebidas en un contexto donde leer era una actividad central, casi exclusiva, del tiempo libre. No competían con pantallas ni notificaciones. El lector disponía de paciencia, y los autores escribían para esa paciencia. Por eso las descripciones son minuciosas, los ambientes se construyen con calma y el tiempo narrativo se dilata. No se trata de un defecto, sino de una estética distinta: la de la inmersión.

Cuando un lector ajusta su forma de leer —reduce el ritmo, relee párrafos, presta atención al lenguaje más que a la trama— ocurre algo revelador. La lentitud deja de sentirse como un obstáculo y comienza a percibirse como profundidad. Aparecen matices que antes pasaban desapercibidos. La lectura ya no consiste en avanzar, sino en habitar el texto.

Los clásicos no exigen mayor inteligencia, sino otra disposición. Piden presencia en lugar de prisa. Y cuando aceptamos esa condición, descubrimos que no son novelas lentas: somos nosotros quienes llegamos acelerados a ellas. Leerlas es, en el fondo, un ejercicio de reaprendizaje. Nos obligan a recuperar una forma de atención que creíamos perdida y nos recuerdan que la literatura no siempre está hecha para llevarnos lejos, sino para llevarnos hondo.https://images.openai.com/static-rsc-4/3IqLBXg0mjG0WH8m9CqukEwhDgBkcbPx6nGOFhlHmt-w6kelw2PKO7G-CsIKrzBiKMwww3bWSvkct7wq0gyu9iZAuQ2f8Jjuh01-2P40GctWbb-lgWevvoP8CmMQshEOXI7vd6hxJ-FHVH3WmmvbocMX4KNsgx_x2ArhBTWuiPtyetEv_kJA_BzE1KEt0xAA?purpose=fullsize

Ajedrez y sus libros.

Los libros de ajedrez han sido, desde hace siglos, una de las herramientas más importantes para el aprendizaje y la evolución de este juego milenario. A diferencia de otros pasatiempos, el ajedrez combina arte, ciencia y deporte, y los libros han permitido transmitir ese conocimiento de generación en generación. Desde los antiguos manuscritos hasta las modernas publicaciones llenas de análisis computarizados, la literatura ajedrecística refleja no solo la historia del juego, sino también el desarrollo del pensamiento estratégico humano.

En sus inicios, los libros de ajedrez eran escasos y estaban dirigidos a una élite intelectual. Contenían problemas, partidas comentadas y, sobre todo, enseñanzas filosóficas sobre cómo abordar el juego. Con el paso del tiempo, estos textos comenzaron a sistematizar aperturas, finales y tácticas, dando lugar a una estructura más pedagógica. Hoy en día, los libros suelen dividirse en diferentes categorías: aperturas, medio juego, finales, táctica, estrategia y biografías de grandes jugadores. Cada uno cumple una función específica en la formación de un ajedrecista.

Uno de los aspectos más valiosos de los libros de ajedrez es su capacidad para enseñar a pensar. A diferencia de los vídeos o cursos interactivos, la lectura obliga al jugador a detenerse, analizar y visualizar posiciones en su mente. Este esfuerzo cognitivo fortalece habilidades como la concentración, la memoria y la toma de decisiones. Muchos entrenadores recomiendan estudiar con libros precisamente por esta razón: fomentan un aprendizaje más profundo y duradero.

Además, los libros permiten explorar partidas históricas con comentarios detallados. A través de ellos, el lector puede entender no solo qué jugada se realizó, sino por qué se eligió y cuáles eran las alternativas. Este tipo de análisis es fundamental para desarrollar la intuición ajedrecística. Al estudiar a los grandes maestros, el jugador aprende patrones, ideas estratégicas y recursos tácticos que luego puede aplicar en sus propias partidas.

En la actualidad, aunque existen motores de análisis y plataformas digitales muy avanzadas, los libros siguen teniendo un lugar destacado. Muchos autores combinan el conocimiento tradicional con herramientas modernas, ofreciendo explicaciones más precisas y accesibles. Además, el formato físico o incluso digital de un libro permite estudiar sin distracciones, algo cada vez más difícil en un entorno lleno de estímulos constantes.

También es importante destacar el valor cultural de los libros de ajedrez. Algunos son verdaderas obras literarias, no solo manuales técnicos. Narran historias, rivalidades, torneos memorables y momentos clave en la historia del juego. Leerlos es sumergirse en un universo donde cada partida cuenta una historia y cada movimiento puede cambiar el destino de los jugadores.

En conclusión, los libros de ajedrez son mucho más que simples guías de juego. Son herramientas de aprendizaje, fuentes de inspiración y testigos de la evolución del pensamiento estratégico. Tanto para principiantes como para jugadores avanzados, siguen siendo un recurso imprescindible. A pesar de los avances tecnológicos, su valor permanece intacto, demostrando que el conocimiento bien estructurado y reflexivo nunca pasa de moda.

Autores relacionados con la filosofía..

Friedrich Engels nació en 1820 en Alemania, en el seno de una familia acomodada vinculada a la industria textil. Desde joven entró en contacto con la realidad de la clase obrera, especialmente cuando trabajó en fábricas en Inglaterra. Esa experiencia le marcó profundamente y le llevó a criticar las duras condiciones laborales del capitalismo industrial. Engels desarrolló una estrecha amistad y colaboración intelectual con Karl Marx, con quien compartía una visión revolucionaria de la sociedad. Juntos elaboraron el comunismo como teoría política y económica, destacando su obra conjunta, el Manifiesto del Partido Comunista, donde exponen la idea de que la historia está determinada por la lucha de clases. Engels no solo fue un colaborador intelectual, sino también un apoyo económico clave para Marx, permitiéndole dedicarse a escribir. Tras la muerte de Marx, Engels se encargó de editar y publicar partes de El Capital. Murió en 1895, dejando un legado fundamental en la teoría socialista.

Karl Marx nació en 1818 en Tréveris, Alemania. Estudió derecho y filosofía, pero pronto se interesó por la política y la economía. A lo largo de su vida vivió en varios países, como Francia, Bélgica y Reino Unido, debido a su actividad política y sus ideas revolucionarias. Marx desarrolló una teoría crítica del capitalismo, argumentando que este sistema se basa en la explotación de los trabajadores por parte de los dueños de los medios de producción. Su pensamiento se centra en el materialismo histórico, que sostiene que las condiciones económicas determinan la organización social y política. Su obra más importante, El Capital, analiza en profundidad el funcionamiento del capitalismo y sus contradicciones internas. Junto con Engels, escribió el Manifiesto del Partido Comunista, que tuvo una enorme influencia en movimientos obreros y revolucionarios de todo el mundo. Marx murió en 1883 en Londres, en condiciones económicas difíciles, pero su pensamiento se convirtió en una de las bases ideológicas más influyentes de la historia contemporánea.

Friedrich Nietzsche nació en 1844 en Alemania. Fue un pensador original y provocador que cuestionó profundamente los valores tradicionales de la cultura occidental, especialmente la moral cristiana. A lo largo de su obra, Nietzsche criticó lo que consideraba una moral de debilidad y conformismo, proponiendo en su lugar una filosofía basada en la afirmación de la vida, la voluntad de poder y la superación personal. Introdujo conceptos como el “superhombre” (Übermensch), una figura que crea sus propios valores, y la famosa idea de la “muerte de Dios”, que simboliza la pérdida de fe en los valores absolutos. Entre sus obras más destacadas se encuentran Así habló Zaratustra y Más allá del bien y del mal. Su estilo es más literario que sistemático, lo que hace que su filosofía sea compleja y abierta a interpretaciones. En sus últimos años sufrió una grave enfermedad mental que le dejó incapacitado hasta su muerte en 1900. A pesar de ello, su influencia ha sido enorme en la filosofía, la psicología y la cultura moderna.

Aristóteles nació en el año 384 a.C. en Estagira, en la antigua Grecia. Fue discípulo de Platón durante casi veinte años en la Academia de Atenas, aunque posteriormente desarrolló su propio pensamiento, en algunos aspectos contrario al de su maestro. Aristóteles fue también tutor de Alejandro Magno, lo que demuestra su gran prestigio en la época. A diferencia de otros filósofos, su enfoque era más empírico, es decir, basado en la observación de la realidad. Escribió sobre una enorme variedad de temas, como lógica, metafísica, ética, política, biología y física. En ética, defendió la idea de la virtud como término medio, desarrollada en su obra Ética a Nicómaco. En política, analizó las distintas formas de gobierno en su obra Política. Fundó su propia escuela, el Liceo, donde enseñaba caminando con sus alumnos. Murió en el año 322 a.C., pero su pensamiento dominó la filosofía y la ciencia durante siglos, influyendo profundamente en la tradición intelectual occidental.El secreto de la felicidad, según 12 de los filósofos más sabios de la historia

Literatura Hispaníca

Ante los escritores nacidos en territorio español tenemos una gran variedad en todos los ámbitos de escritura; cómo Camilo José Cela, Antonio Machado, Federico García Lorca etc…

 

Hablare a continuación un poco de cada uno de estos autores;

Camilo José Cela;Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia, A Coruña, 11 de mayo de 1916 – Madrid, 17 de enero de 2002), escritor y académico español, es uno de los autores imprescindibles en el canon de la literatura en lengua española. En 1925 se trasladó a Madrid con su familia y en 1934 comenzó estudios de Medicina en la Universidad Complutense que pronto abandonó para asistir como oyente a las clases de Literatura Contemporánea de Pedro Salinas. Es Salinas, a quien Cela enseña sus primeros poemas, una figura clave para el asiento de su vocación literaria. En 1940, Cela intenta una nueva carrera, esta vez Derecho -que también acabará abandonando-, mientras escribe su primera gran obra, La familia de Pascual Duarte (1942), cuya segunda edición tuvo que ser publicada en Buenos Aires al prohibirla la censura. A esta primera novela siguieron, poco después, Viaje a La Alcarria (1948) y La colmena (1951), publicada en Buenos Aires e inmediatamente prohibida en España. En 1954 se traslada a Mallorca y poco después, en 1957, es nombrado académico de la lengua. Su obra, extensa y variada, se publica con asiduidad desde entonces. Entre ella, además de los títulos ya mencionados, cabe destacar El gallego y su cuadrilla (1949), Del Miño al Bidasoa (1952), San Camilo, 1936 (1969), Mazurca para dos muertos (1983, Premio Nacional de Narrativa) o Cristo versus Arizona (1988). A ellas habría que añadir su labor como articulista para distintos diarios. Entre los premios que atesoró a lo largo de su vida es obligado citar el Príncipe de Asturias de las Letras (1987), el Nobel de Literatura (1989) y el Miguel de Cervantes (1995).

Antonio Machado;

Antonio Cipriano José María Machado Ruiz. (Sevilla, 26 de julio de 1875 – Colliure, Francia, 22 de febrero de 1939). Poeta, dramaturgo y narrador español, poeta emblemático de la Generación del 98.

Realiza sus estudios en la Institución Libre de Enseñanza y posteriormente completa sus estudios en los institutos San Isidro y Cardenal Cisneros. Realiza varios viajes a París, donde conoce a Rubén Darío y trabaja unos meses para la editorial Garnier.

En Madrid participa del mundo literario y teatral, formando parte de la compañía teatral de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. En 1907 obtiene la cátedra de Francés en Soria. Tras un viaje a París con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar filosofía con Bergson y Bédier, fallece su mujer – con la lleva casado tres años –  y este hecho le afecta profundamente. Pide el traslado a Baeza, donde continúa impartiendo francés entre 1912 y 1919, y posteriormente se traslada a Segovia buscando la cercanía de Madrid, destino al que llega en 1932. Durante los años que pasa en Segovia colabora en la universidad popular fundada en dicha ciudad.

En 1927 ingresa en la Real Academia y un año después conoce a la poetisa Pilar de Valderrama, la «Guiomar» de sus poemas, con la que mantiene relaciones secretas durante años.

Durante los años veinte y treinta escribe teatro en colaboración con su hermano Manuel. En la Guerra Civil Machado no permanece en Madrid ya que es evacuado a Valencia en noviembre de 1936. Al poco tiempo se traslada a Rocafort donde permanece hasta abril de 1938. Participa en las publicaciones republicanas y hace campaña literaria. Colabora en Hora de España y asiste al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En 1939 marcha a Barcelona, desde donde cruza los Pirineos hasta Colliure. Allí fallece al poco tiempo de su llegada.

En la evolución poética de Antonio Machado destacan tres aspectos: el entorno intelectual de sus primeros años, marcado primero por la figura de su padre, estudioso del folclore andaluz, y después por el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza; la influencia de sus lecturas filosóficas, entre las que son destacables las de Bergson y Unamuno; y, en tercer lugar, su reflexión sobre la España de su tiempo. La poética de Rubén Darío, aunque más acusada en los primeros años, es una influencia constante.

El teatro escrito por los hermanos Machado está marcado por su poética y no permanece en los límites del teatro comercial del momento. Sus obras teatrales se escriben y estrenan entre 1926 ( Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel) y 1932 ( La duquesa de Benamejí) y consta de otras cinco obras, además de las dos citadas. Son Juan de Mañara (1927), Las adelfas (1928), La Lola se va a los puertos (1929), La prima Fernanda (1931) – escritas todas en verso – y El hombre que murió en la guerra, escrita en prosa y no estrenada hasta 1941. Además, los hermanos Machado adaptan para la escena comedias de Lope de Vega como El perro del hortelano o La niña de Plata, así como Hernani de Víctor Hugo.

 

Federico García Lorca;

Federico García Lorca (Fuentevaqueros, 5 de junio de 1898 – camino Víznar a Alfacar, 1936). Poeta y dramaturgo español, adscrito a la generación del 27.

Desde pequeño entra en contacto con las artes a través de la música y el dibujo. En 1915 comienza a estudiar Filosofía y Letras, así como Derecho, en la Universidad de Granada. Forma parte de El Rinconcillo, centro de reunión de los artistas granadinos donde conoce a Manuel de Falla. Entre 1916 y 1917 realiza una serie de viajes por España con sus compañeros de estudios, conociendo a Antonio Machado y que inspiran su primer libro Impresiones y paisajes (1918). En 1919 se traslada a Madrid y se instala en la Residencia de Estudiantes, coincidiendo con numerosos literatos e intelectuales. Allí, empieza a florecer su actividad literaria con la publicación de obras como Libro de poemas (1921) o El maleficio de la mariposa (1920).

Junto a un grupo de intelectuales granadinos funda en 1928 la revista Gallo, de la que sólo salen 2 ejemplares. En 1929 viaja a Nueva York, plasmando este viaje en Poeta en Nueva York, que se publicaría ya fallecido el autor en 1940. Dos años después funda el grupo teatral universitario La Barraca, para acercar el teatro al pueblo mediante obras del Siglo de Oro.

Otro viaje a Buenos Aires en 1933 hace crecer más su popularidad con el estreno de Bodas de Sangre y a su vuelta a España un año después sigue publicando diversas obras como Yerma o La casa de Bernarda Alba (1936) hasta que en 1936, en su regreso a Granada es detenido y fusilado por sus ideas liberales.

Escribe tanto poesía como teatro, si bien en los últimos años se vuelca más en este último, participando no sólo en su creación sino también en la escenificación y el montaje. En sus primeros libros de poesía se muestra más bien modernista, siguiendo la estela de Antonio Machado, Rubén Darío y Salvador Rueda. En una segunda etapa aúna el Modernismo con la Vanguardia, partiendo de una base tradicional.

En cuanto a su labor teatral, Lorca emplea rasgos líricos, míticos y simbólicos, y recurre tanto a la canción popular como a la desmesura calderoniana o al teatro de títeres. En su teatro lo visual es tan importante como lo lingüístico, y predomina siempre el dramatismo.

En la actualidad Federico García Lorca es el poeta español más leído de todos los tiempos y el 11 de noviembre de 2008 la Biblioteca del Instituto Cervantes de Tokio es inaugurada con el nombre de Federico García Lorca.

 

La Colmena

Inicio de blog: Libros Universales de la literatura

Bienvenidos a mi blog acerca de libros esenciales, que, bajo mi opinión todo el mundo debería tener en su biblioteca personal, aprovechando mi inducción a la literatura que he tenido recientemente, leyendo a autores como Moliere y Sun Tzu hare este blog teniendo en cuenta escritos que también creo que son esenciales para iniciar con la literatura personal.

Tartufo - Editorial VerbumEL ARTE DE LA GUERRA (EDICIÓN ILUSTRADA)