Pesimismo, ego y lo que evitamos ver

Hay pensamientos que parecen realistas. Como asumir que algo va a salir mal. Que no vale la pena intentarlo. Que otros tienen algo que tú no tienes. Durante mucho tiempo los vi como una forma de ver las cosas “tal y como son”. Como si fuera simplemente ser honesto conmigo mismo. Pero con el tiempo empecé a dudar. Porque esos pensamientos no solo describen la realidad. También la limitan. Y, muchas veces, la simplifican demasiado. Es más fácil pensar que algo no va a funcionar… que enfrentarse a la posibilidad de intentarlo y fallar. Es más cómodo asumir que otros están por encima o por debajo… que aceptar la incomodidad de compararte sin tener una respuesta clara. Y ahí es donde aparece algo que no siempre es evidente. Porque ese pesimismo no siempre nace de la realidad. A veces nace de una forma de protegerse. De evitar el riesgo. De evitar el rechazo. De evitar verte en una situación en la que no sabes quién eres realmente. Y entonces empezamos a pensar de ciertas formas que parecen normales. Nos comparamos constantemente. Sentimos envidia, aunque no nos guste admitirlo. A veces nos sentimos por debajo. Otras veces, por encima. Juzgamos rápido. A otros, pero también a nosotros mismos. Y todo eso va construyendo una especie de narrativa interna. Una versión de nosotros que intenta tener siempre una explicación, una posición, una defensa. Pero en el fondo, muchas de esas reacciones no nacen de seguridad. Sino de lo contrario. De no aceptar del todo quién somos en este momento. De sentir que no estamos donde “deberíamos” estar. De compararnos con expectativas que ni siquiera hemos cuestionado. Y entonces aparece algo más silencioso. Una incomodidad constante. Una especie de vergüenza difícil de señalar, pero presente. Porque, aunque intentemos convencernos de ciertas cosas, hay algo que no termina de encajar. Y quizá por eso nos cuesta tanto reconocerlo. Porque admitirlo implicaría dejar de sostener esa versión que hemos construido. Dejar de justificar ciertas actitudes. Dejar de mirar hacia fuera constantemente. Y empezar a mirar hacia dentro, sin filtros. No para juzgarnos más. Sino para entender de dónde vienen realmente esos pensamientos. Porque tal vez el problema no sea el pesimismo en sí. Sino lo que estamos evitando ver a través de él.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *